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III
La noche cayó intespectivamente, el desierto se cubrió por una oscura y compacta tapa, sin estrellas, ni luces, era el encegamiento del mundo. Sólo el viento gritaba furioso, libre y descontrolado como un Dios ebrio, con el poder para matar y morir. Era mi primera noche despierto aquí, todos estaban guarecidos en las cuevas hechas para este propósito, Kontike me llevó a una de ellas, explicandome en su lengua nativa que algo malo iba a ocurrir, lo vi en sus ojos.
Entramos en el agujero oscuro, más profundo de lo que pensaba, sólo ellos, los nativos, podían excabar en la arena, encontrar un lugar sólido para sobrevivir.
Kontike oraba con sus colegas, en una especie de trance Shivasico, a medida que inspeccionaba sus razgos entendía que ellos eran muy distintos, cada uno representaba una cultura, una étnia, una sociedad, no eran una tribu, como supuse primeramente, eran representantes de sus pueblos, primeros entre los primeros, estandartes únicos, es más, llegue finalmente a la conclusión, que eran principes guerreros.
IV Los estruentos que se oyeron a continuación no eran del viento. El ruido era ensordecedor un bombardeo consecutivo. Yo era el único sobresaltado, kontike y los demás seguían en trance, la curiosidad me atormentaba, quería saber que pasaba afuera. Estabamos a 10 metros de profundidad y podía sentir los destellos, luces q atravezaban bloques de arena y roca. Los estruendos se convirtieron en temblores, que remecían la cueva. Contuve mi primera reacción de buscar una salida, la serenidad de Kontike lograba imponer la calma en ese espacio. ¿Qué fuerza sobre-humana podría desatarse para opacar con su violencia a la fuerza de la naturaleza?. Sobrecogido despues de diez años, empecé a orar. |