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El verano era pleno en Guayaquil. Amanecía templado con la temperatura perfecta para un duchazo. Desayuno casero, jugo de fresas, tocino con tostadas y banano frito. Todo preparado por la tía que me atendía de lo mejor y a la que nunca le dije gracias por esas mañanas con excelentes desayunos. Caminaba tres cuadras siempre atrazado, apurado por el tiempo pero disfrutando el día, el ambiente, la vista, el paisaje, hasta el aire que respiraba, todo era diferente para mi, era fresco a pesar del calor abrumador para el resto; era nuevo, en contraste con la rutina de los demás; era yo el que estaba fuera de su encierro, fuera de su carcel, estaba en un lugar anhelado, descrito alguna vez sólo por la imaginación de Gabo. Veía pasar las guaguas, con gente que iba a trabajar, a pesar del calor y ambiente tropical notaba la resignación y el cansancio en sus ojos, la misma tristeza del obrero de los subtes de invierno en Retiro, o el estatal de la combi de la avenida Angamos en primavera. Todos tenían los ojos tristes y la preocupación en el rostro con un rictus facial que no les permitía esbozar una sonrisa. Continuaba caminando, El día era diferente para mi en La Alborada, y nada lo iba a cambiar. |
El calor me abruma de igual manera, sin embargo hay dias en los que necesito caminar por el sol.